
El magnánimo emperador
Chang Hung
Como es sabido, los historiadores se hacen lenguas de la sabiduría,
templanza, paciencia y valor del emperador Chang Hung, que reinó
hace mil años sobre los chinos. Y en efecto, así fue. Ascendió al trono
muy joven, después de agasajar con un misterioso budín a su hermano
Pien Tzu, heredero natural del imperio. Chang Hung lloró sobre su tumba, honró con grandes pompas a la viuda y envió a los cinco hijos de
Pien Tzu a lejanas tierras para que ganasen fama y experiencia. Lamentablemente, los cinco murieron como jóvenes héroes. En toda la inmensa
China el emperador hizo levantar arcos en su memoria. Chang Hung
siempre se rodeó de los mejores talentos que pudo hallar, designándolos
consejeros y ministros. Cuando pensaba que sus condiciones decaían, los
despedía con amistosas muestras de bondad. Poco tiempo después, según los cronistas, un caballo alado se los llevaba al cielo como justo premio por los servicios prestados al emperador. De vez en cuando sucedía
lo mismo con algún rico mercader, un mandarín ilustre o un guerrero
destacado. En estos casos, una vez comprobado mediante veraces testigos que ellos y también sus familias se habían ido en el caballo alado, sus
fortunas pasaban a las arcas de Chang Hung. Pero éste no las guardaba
para sí: las distribuía generosamente entre los pobres que lo adoraban
como a un padre previsor y magnánimo. Naturalmente delataban de buena
fe a los que desobedecían las órdenes del emperador para que éste les
enviara el caballo alado, todo según el orden de la Naturaleza.
Cada luna nueva reunía a sus cuatro cronistas, que se llamaban Chien
Hu, Sun Shu Ao, Ho Su y Kuan Kuei y les alababa su oficio:
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–Tenéis un gran poder –les decía benévolamente–. Cuando el tiempo
pase, la verdad será la que consignen vuestras crónicas. Escribid la historia
de mi reinado con entera libertad. Eso sí: os ruego humildemente tener
en cuenta mis sentimientos: creo haber hecho algún bien y no recuerdo
haber hecho ningún mal.
Los cuatro cronistas se inclinaban hasta tocar el suelo con la frente y
salían escoltados por soldados que llevaban sus sables desnudos. El Gran
Tesorero les daba diez monedas de oro, les suplicaba respetar los sentimientos del emperador, y los encerraba luego en la sala de las espadas para que se
aplicaran a su trabajo en paz y con entera tranquilidad de ánimo.
A la sala le daban ese nombre porque del techo pendían numerosas y
pesadas espadas atadas a lo alto por un delgado hilo de seda que Chang
Hung podía cortar en cualquier momento. De esta manera Kuan Kuei,
Ho Su, Sun Shu Ao y Chien Hu escribieron la única crónica que existe
sobre el reinado de Chang Hung y en la cual se basan los historiadores de
hoy para elogiar el valor, la paciencia, la templanza y la sabiduría de ese
gran emperador de la China.
Adolfo Pérez Zelaschi
Adolfo Pérez Zelaschi nació en Bolívar, Provincia de Buenos Aires, en 1920.
Prolífico narrador, escribió novelas y cuentos policiales y de humor entre los que
pueden citarse: La puerta amarilla, Divertimento para revólver y piano. El
magnánimo emperador Chang Hung figura en la antología Dos veces bueno 3.
Cuentos breves de América y España, compilada por Raúl Brasca (Desde la Gente,
Buenos Aires, 1999).
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